sábado, 8 de abril de 2017

Creo que tu sabías, incluso dos semanas después, que nuestros planes a largo plazo no iban a cumplirse.
¿Qué es peor, mantener a lo lejos en tu vida a alguien que no es ni la sombra de lo que fue, o no tenerle y echarle de menos?

Yo creo que lo peor es conocerle, y saber de su existencia,

y saber que no puedes ni volverás a tenerle.
Quiero contarle a todo el mundo lo que me ha sucedido.
    Seguramente sea porque quiero demostrar que sigo viva.

miércoles, 5 de abril de 2017

Relato escrito para el concurso Històries en un ascensor de la Llibreria 22 y la empresa Válida Sin Barreras.
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Deja que se acabe

Cuando me miró a través de sus fieros ojos color miel, imposibles de olvidar, un escalofrío recorrió mi macilento cuerpo. Había, y habíamos, pasado por tanto desde la última vez que nos vimos. Su mano derecha se aferraba a aquel librito que le regalé cuando tenía trece años, un diario carmesí que lucía inflado y castigado ya fuese por el uso constante o por los golpes que acostumbraba a darle cuando lo escrito no era de su agrado, todo un espectáculo al que asistir suponía un cóctel entre atención, paciencia y empatía
   –Hola –susurró al apartarse los mechones castaños de la frente. Aunque parecía agotada, su mirada penetrante hacía imposible cualquier escapatoria.
  Un simple “hola” se asomó en mis labios. Era una respuesta estúpida, banal, pero en el mismo instante en el que le demostrase un poco de amabilidad ella empezaría a destrozarme sin la más mínima compasión. Lucía era una chica de cuidado, una leona encerrada con la que debía caminar de puntillas.
  –Tengo frío. La villa es un poco fría esta época del año
  –Es verdad, ¿aún sigues por allí?
  Asintió con suavidad, fijando la vista en su librito como si este fuera la clave. Lo meneó un par de veces y lo abrió por una de las páginas amarillentas, acto seguido me lo ofreció con un suave movimiento de muñeca, invitándome a leerlo.
  Era una de las fotografías de Ana, mi abuela, en ella aparecía radiante con uno de sus famosos cigarrillos en la mano y el humo de este formando sinuosas formas que se desvanecían en el aire, como sombras caprichosas que evocaban la fugacidad de su carácter y su sonrisa. Había sido una mujer complicada que a los veintiséis se fugó de casa dejando tras de sí un marido colérico y los platos en remojo, llevándose consigo a un bebé de tan solo cinco meses que diecinueve años después se convertiría en mi madre. No obstante, dicha madre abandonó a su vez a su primogénita dejándola a cargo de su madre. Ana había sido mi mentora, mi punto de apoyo, aquella que me marcaba el camino y cuando decidí girar la página el dolor punzante y agudo no tardó en llegar. Ana había muerto la víspera de Navidad y parecía que Lucía no quería olvidarlo.
  Levanté la mirada, asustada, fijándome en sus ojos hinchados de tanto llorar, rastros de la fragilidad combinados con la amargura y la impotencia. Sentí que no lo olvidaba y, como si fuese mi culpa, no me lo perdonaba. Volví a concentrarme en el diario, pasando página tras página hasta llegar al final del librito. Los bordes estaban manchados de rojo y la tinta negra se combinaba con otros manchurrones presos de la ansiedad, como si hubiese estado escribiendo en la oscuridad.
–Sí, escribía en la oscuridad ¿o es que no te acuerdas? Mamá no había pagado la factura de la luz y tampoco me dejaba encender velas, era un engorro, pero bueno, no sé de qué te preocupas si ni siquiera recuerdas nada.


Bufó con ironía, cruzándose de brazos en el mismo instante que yo levantaba la mirada, observando mi reflejo en el espejo cautivo de mis ojos de miel y encerrado bajo las pesadas paredes del ascensor. Lucía, la niña, el nombre que rezaba en el libro granate, en definitiva, yo, me miraban ferozmente, temerosas de dejarme escapar y temerosas de olvidar. 

lunes, 3 de abril de 2017

Cuando se fue –y se fue sin decirme adiós- las plantas murieron en mi interior, ya no me apetecía regarlas y el cactus de la entrada, aquel que compramos juntos en un mercadillo de pueblo, empezó a secarse tomando un color amarillento, completamente diferente a aquellos especímenes vigorosos que aparecen en las películas del oeste, eclipsando la pantalla con su imponente porte impasible y sus espinas. Ya nada ni nadie me eclipsaba la pantalla de la televisión, nadie se levantaba en mitad de la serie para ir a la cocina a buscar patatas fritas. Ya nadie me decía palabras bonitas al oído, nadie tiraba mi libro de Las Flores del Mal solo para robarme besos.
Cuando le pregunté qué pensaba de mi falda se echó a reír como si acabase de contarle un chiste.

Te ves ridícula, ¿no te has dado cuenta?
─¿Ridícula por qué? ─pregunté enfadada.

  Hubiera esperado mil adjetivos diferentes: fea, desarreglada, sosa, insulsa o triste pero no ridícula, no teniendo en cuenta que dicha prenda había sido mi regalo de navidad. Segundos después se levantó dejando sus gafas oscuras encima de la mesita, poniéndose a mi altura. Sus manos, enormes en comparación al tamaño de mi cara, acariciaron con dulzura ambos pómulos, una dulzura atípica con la que quizás pretendía que yo le perdonase. Pero no, acababa de llamarme ridícula, y además yo no perdonaba con facilidad.
  Sonrió, pidiendo clemencia con sus brillantes ojillos color tierra y las comisuras de sus labios convertidas en una fina curva, cómplice de sus secretos y sus travesuras. Se inclinó para besarme en la frente, como el que marca el inicio de un antes y un después, como el que le pone un final agridulce a la historia.


     ─ Te ves ridícula desde el momento en el que empiezas a cuestionarte el porqué de las cosas. Te ves ridícula porqué sabes que la falda te queda de maravilla. Y eres ridícula porqué tomas mis palabras como la justificación de la pena y la amargura.  

martes, 14 de marzo de 2017

melancolía
Del lat. tardío melancholĭa 'atrabilis', y este del gr. μελαγχολία melancholía.
1. f. Tristeza vagaprofundasosegada y permanentenacida de causas físicas omoralesque hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada.
2. f. Med. Monomanía en que dominan las afecciones morales tristes.

3. f. desus. Bilis negra o atrabilis.